Hoy, 8 de marzo, la Iglesia Católica celebra el III Domingo de Cuaresma. La lectura del Evangelio de hoy está tomada del Evangelio de Juan capítulo 4, versículos del 5 al 42 (Juan 4, 5-42).
Jesús, al llegar cansado a un pozo en Sicar, Samaria, pidió agua a una mujer samaritana, quien muestra su sorpresa pues el pedido venía de un judío. En su diálogo, Jesús le habló del “agua viva” que sacia “para siempre”, a diferencia del agua que sale del pozo. El Señor, además, se presenta como profeta al revelarle que sabe “que no tiene marido”. Luego, le explica que la verdadera adoración no depende de un lugar, sino de hacerlo en espíritu y verdad: “Se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre” —dice Jesús. La mujer, que ya se dio cuenta de que tiene enfrente a alguien único, habla de la llegada del Mesías y Jesús se revela como tal. Ella, conmovida, regresa al pueblo tras el encuentro y da testimonio. Gracias a ello, muchos samaritanos creyeron en Jesús.
En la línea de la “escucha” a la que el Papa León XIV se refiere en su Mensaje para la Cuaresma 2026 (tema del que nos ocupamos el domingo anterior), hoy cabe subrayar la delicadeza con la que Jesús puede ir hasta lo más profundo del corazón y desde allí transformarnos, haciéndonos pasar del vacío a la plenitud si “bebemos” su Palabra. El Papa dice que Dios es “un Dios que nos atrae”, alguien “que nos conmueve con los pensamientos que hacen vibrar su [nuestro] corazón. Por eso, la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad”.
La samaritana quedó impactada en lo profundo por las Palabras de Cristo y eso la impulsó a anunciarlo entre los suyos. Solo si prestamos atención a lo que Él nos quiere decir, seremos capaces de entender nuestra propia realidad – Jesús le reveló a la mujer que era una mujer en pecado – así como entender la realidad que nos rodea – “Las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta” –.
Jesús sabe que somos pecadores, ciertamente, pero nos mira con esperanza. Sabe que podemos ser transformados y compartir la alegría del encuentro con Él.

